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El Auto de Navidad, escribió Jimena Menéndez Pidal al frente de su primera edición, «es más que nada la dramatización de trozos selectos entresacados de las obras de los mejores clásicos españoles». Así es, desde luego, pero también es mucho más que eso: es el resultado de una extraordinaria conjunción de textos, música, bailes, vestidos y decorados. Aquí he de referirme tan solo al primer ingrediente de ese conjunto, los textos; es decir, a la dimensión literaria del Auto de Navidad. Para ello sirve de ayuda, más que aquella primera edición, de 1944, la segunda, publicada en 1971, que no solo recoge una versión más extensa (pues el Auto fue creciendo con el tiempo, desde sus primeras representaciones de Segovia en 1937 y de Madrid en 1940 y 1943), sino que además incluye en sus preliminares unas sucintas indicaciones en que la señorita Jimena ofrece algunas pistas sobre la procedencia de los textos. El Auto, desde la palabra misma, Auto, se remonta a la tradición del teatro medieval español, pero ocurre que en realidad se nos han conservado poquísimos testimonios textuales de ese teatro. Tenemos una auténtica reliquia, que es el Auto de los Reyes Magos, de finales del siglo XII, y de ahí hay que saltar a la Representación del Nacimiento de Nuestro Señor, de Gómez Manrique, que es del siglo XV. Pues bien, ambos textos fueron, naturalmente, aprovechados para el Auto de Navidad. Ahora bien, del Auto de los Reyes Magos solo se nos ha conservado el principio, pues el manuscrito se interrumpe bruscamente tras los 147 primeros versos. De lo conservado se incluye en nuestro Auto de Navidad todo el arranque: cada uno de los tres reyes descubre la estrella, interpreta –no sin dubitaciones– su sentido y, por fin, decide seguirla; los tres se encuentran en el camino y acuerdan ir juntos a adorar al Niño. La Representación del Nacimiento de Nuestro Señor de Gómez Manrique está casi íntegramente aprovechada en el Auto. A ella pertenecen, sobre todo, las dos escenas de los Arcángeles: la salutación que hacen a la Virgen, al principio, y las donas de la Pasión, al final. Pero también proceden de esta pieza:

  • La adoración de la Virgen al Niño: «Adórote, Rey del Cielo».
  • La reacción de los pastores ante el anuncio del ángel («Dime tú, hermano, di /si oíste alguna cosa»).
  • Y lo que sigue a la presentación de las donas; las palabras de la Virgen: «Ángeles del cielo / venid, dad consuelo», y lo que dicen los ángeles: «Callad vos,Señor», etc.
 
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